jueves, 11 de agosto de 2016

El rebusque

Por William Castaño Marulanda


Rebusque, recreación y cultura


– Hermano ¿cuál me recomienda como para este fin de semana?
El artista.
– ¿Y de qué trata?
– Es sobre un actor de cine mudo que se queda sin trabajo cuando aparece el cine sonoro.
– ¡Uy! como aburrido ¿no?
– Pues si quiere llévese una comedia.
– A ver, ¿cuál?
Nuestro hermano idiota.
– Esa suena buena. ¿A cómo me la deja?
– Vale dos mil, pero puede llevar tres películas en cinco.
– No, deme solo la del idiota.
– Listo.

Jairo toma un arrume de pequeños paquetes cuadrados, mira el primero y lo pasa, mira el segundo y lo pasa, repite el proceso varias veces hasta que, por fin, allí está, “El idiota, tome”. Le entrega el paquetico cuadrado al hombre que sostiene en su mano extendida un billete de dos mil pesos, Jairo recibe el dinero mientras el hombre abre su morral y deja caer dentro la diversión del fin de semana.

“Estos manes siempre son así”, sentencia Jairo, “Piden que uno les recomiende una película buena, y a penas se enteran de que no salen viejas en bola, zombis, piratas, monstruos, o de que no hay sangre a la lata, con descuartizado a bordo, pues le hacen el feo y ahí sí preguntan por lo que vinieron a buscar, o se hacen los locos, como el de ahorita”.

Jairo lleva cinco años rebuscándose el sustento en los alrededores de una de las más importantes universidades del país. Sus clientes son profesores, alumnos, empleados administrativos y de servicios varios, también vecinos del barrio y algunos de los transeúntes que se encuentran a su paso con el puesto de “Minutos, películas, juegos y programas”, como reza el cartel de letras negras sobre fondo amarillo fluorescente que está pegado a la mesa donde se exhiben estas mercancías.  

Jairo forma parte de ese grupo de colombianos, doce millones según el DANE, que se gana la vida de manera “informal”, eufemismo para referirse a los desempleados que se ingenian, de las más diversas maneras, negocios de todo tipo para sobrevivir.

Pero decir que Jairo es un trabajador informal no es del todo cierto. Jairo es un rebuscador. Es decir, una persona que no se encuentra en las filas de los empleados “formales”, léase: trabajadores con un contrato a término fijo o indefinido, vinculados al sistema de salud y de pensiones, que reciben, además de su salario, todas las prestaciones de ley (cesantías, primas, auxilio de transporte, entre otras). Pero Jairo tampoco engrosa las filas de los “trabajadores informales”, entiéndase: personas que trabajan de manera independiente o que tienen un negocio con menos de diez empleados, catalogados por el DANE como “cuenta propia”. No, Jairo está en otro nivel. El de aquellos que no trabajan para nadie más que para sí mismos y que no rinden cuentas a jefes ni a leyes, mucho menos a Hacienda, por eso no pagan impuestos, no tienen permiso para sus negocios y tampoco se preocupan mucho por esos detalles.


El rebusque y la legitimación de lo ilegal


 “¿Y para qué?, se pregunta Don Carlos, mientras con el cuidado de un artesano pela una naranja. “¿Pagar impuestos para qué? ¿Para que la plata de uno se la embolsillen los políticos? ¡Qué va!”.

Bajo la sombra que le proporciona un enorme parasol pintado de líneas blancas y amarillas, Carlos Zambrano, 47 años, alto, flaco, moreno, “excajero de varios bancos en Barranquilla, ‘La bella’, Puerta de Oro de Colombia, ya ves”, se resguarda del sol canicular del mediodía capitalino. Todos los días, de 6 de la mañana a 3 de la tarde, ubica en una de las esquinas más concurridas del centro de Bogotá su carrito cargado con  “juguito e’ naranja, sin azúcar, sólo vitamina C”, una nevera de icopor llena de hielo, vasos desechables por doquier, un enorme exprimidor metálico, un costal repleto de naranjas, tres jarras, y una bolsa negra para la basura, donde acaba de arrojar la cáscara de la jugosa fruta que ahora parte en dos y exprime a toda velocidad, para saciar la sed de los clientes que, pacientes, esperan el elíxir que les refrescará la tarde y que a Don Carlos le llenará el bolsillo con algunos pesos.

“Trabajé 18 años contando plata de otros, eso es jodido. Y de un día pa’ otro se acabó el trabajo, ya ves. Ahí me puse a rebuscar. Me fui a Cartagena dizque a vender planes turísticos en la playa, pero eso no da. Entonces me puse a vender jugos. Magínate... En esas llevo ya 3 años”. Don Carlos llegó a Bogotá hace dos años y, al igual que Jairo, es un rebuscador que trata de hacerle el quite a la pobreza por medio de su negocio, que, aunque no es tan jugoso como se podría llegar a pensar, le deja lo suficiente para pagar el arriendo y comer. “Pero rebuscarse es jodido, ya ves”, dice, mientras de la nevera de icopor saca un cubito de hielo que pasa sobre su sudorosa frente. Algunas gotas de agua inician un lento descenso por sus sienes, llegan hasta sus mejillas y se pierden luego en los surcos de su enorme sonrisa: “Hoy va a estar bueno el negocio. Ya ves”, sentencia.

Pero Don Carlos no es el único que piensa que el dinero de los impuestos se va al bolsillo de los políticos. Pilar Mendoza, magíster y doctora en sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, considera que la razón para que la percepción de la mayoría de los colombianos sea como la de Don Carlos es que, “en Colombia, prácticas como la corrupción y el clientelismo están presentes en todos los niveles de la sociedad, además, son conocidas por todos, por eso cualquiera siente que tiene el derecho legítimo de infringir las normas”. De este modo el problema moral del rebusque no existe, pues es considerado una solución al desempleo, así se legitima y se transforma en una materialización del derecho al trabajo.

Esta legitimación de lo ilegal permite explicar la permisividad social con respecto a las actividades realizadas por los rebuscadores y por qué no se juzga de manera negativa a los compradores de los bienes y servicios ofrecidos por aquellos. No puede olvidarse que el rebusque, como toda actividad económica, está conformado por dos elementos fundamentales: la oferta y la demanda. Si la oferta de un producto es considerada ilegal, la demanda de dicho producto también lo es. Ahora bien, en Colombia, ¿a quién se le ocurriría judicializar a un estudiante que compre películas piratas en el puesto de Jairo, o a un transeúnte que beba uno de los jugos de Don Carlos?


Rebuscadores, a mucho honor


Por la entrada de la droguería-miscelánea “Farmacita”, cruza una mujer de unos 35 años cargando a un niño que parece la versión en miniatura de un alpinista preparado para ascender el monte Everest. La mujer se acerca al mostrador, el cual, deja ver tras su cristal: frascos, pastillas, curas, bolsas de algodón, condones, llaveros, chicles, agujas, relojes de pulsera, pinzas para el pelo, cepillos de dientes y encendedores.

– ¡Buenas!... ¡Buenas!–. Exclama la mujer, apurada y en voz alta.
– ¡Buenas!–. Grita una voz masculina desde el fondo del local. Un hombre vestido de bata blanca sale de entre los anaqueles y se para tras el mostrador.
– Buenos días doña Ruth.
– Buenas doctor. ¿Cómo me le ha ido?
– Bien. Ahí vamos. Dígame.
– Dani está enfermito–. El hombre se acerca al niño y pone dos de sus dedos en el cuello del pequeño.
– ¿Hace cuánto tiene fiebre?
– Hoy se levantó llorando. ¿Verdad, mi amor?–. Pregunta la mujer al niño.
– Por ahora démosle Ibuprofeno–, dictamina el hombre, – Pero si la fiebre no baja, llévelo al médico.
– ¿Será?
– El Ibuprofeno es muy bueno porque le detiene la fiebre. Pero si no le baja llévelo a la EPS.
– Bueno doctor. Muchas gracias.

El hombre de la bata blanca no es médico. “Aquí todos me dicen doctor, pero porque saben que soy abogado”, explica. “Yo colaboro atendiendo la parte de la miscelánea. De la venta de medicamentos se encarga mi hermano mayor que estudió farmacia, y mi mamá, que es enfermera. De vez en cuando despacho aspirinas o Ibuprofeno, pero nada más. Así ayudo a mi familia y gano una plata extra, que nunca sobra. Hay que rebuscarse la plata, y este trabajo, como cualquier otro, es digno”.

La lucha por sobrevivir y poder hacerlo de manera autónoma, enfrentándose a las circunstancias adversas, como la mala remuneración o el desempleo, aumenta la dignidad del oficio de los rebuscadores. “Este aspecto forma parte de la identidad colombiana”, indica Mendoza, “de esa ‘berraquera’, de la cual se sienten tan orgullosos los colombianos, que no es otra cosa que la tenacidad y el ingenio que demuestran, por lo general, para dar solución a las dificultades. Esto es muy propio de la cultura colombiana, el honor, el ‘no dejarse morir’, como dicen algunos. Este sentimiento de orgullo se expresa muy claramente en frases como: Yo en vez de regalarle mi tiempo y mi trabajo a un jefe que me explota, prefiero montar mi negocio propio, ser independiente, que se escuchan muy frecuentemente en boca de los rebuscadores, y que reflejan las tensiones sociales que a través de la historia han estado presentes de manera muy fuerte en la sociedad colombiana”.  

Luis Eduardo Cañón Medina es abogado y filósofo, egresado de la Universidad Nacional de Colombia. De 7 a 11 de la mañana trabaja en la “Farmacita”, el negocio familiar. Luego almuerza y se va a su oficina de abogado en Chapinero, la cual comparte con otros tres litigantes. “La idea de trabajar juntos surgió cuando dos amigos decidieron iniciar su propia firma. Abrieron una oficina pero el arriendo les salía carísimo, así que decidieron unir esfuerzos, me llamaron a mí y a una excompañera de la universidad. Ahora trabajamos los cuatro y nos dividimos los gastos, sale mucho más barato”. Allí, de 1 a 5 p.m. atiende a sus clientes. Luego, a las 6 de la tarde, parte hacia el centro de la ciudad a dictar clases de Filosofía del Derecho en una universidad. Su jornada termina a las 10 de la noche, cuando regresa a su casa en el sur de Bogotá.

Luis Eduardo podría considerarse, según los parámetros del DANE, “un profesional independiente”, pero ni él mismo se considera como tal. “Sí, soy abogado y filósofo, y amo ambas profesiones, pero el ejercicio del derecho no me alcanza para cubrir mis gastos y los de mi familia, además, estoy ahorrando para ir a estudiar en otro lado, afuera, a ver si la cosa funciona cuando vuelva, o me quedo allá. El trabajo en la droguería y las clases son dos entradas extras, fundamentales para mí. Si dejara de trabajar en alguna me colgaría con las cuentas. Soy consciente de eso, por eso no me da pena decir que rebusco. Es mi realidad”.

Colombia ¿la sociedad del rebusque?

Para Beethoven Herrera Valencia, analista del Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID) de la Universidad Nacional de Colombia, el rebusque “no es sólo un fenómeno socioeconómico, es un fenómeno que ha transformado nuestra cultura en aspectos que aún no están muy claros, pero que muy seguramente nos determinan como grupo social”. El rebusque, afirma este investigador, “no tiene clases sociales. Tanto el vendedor ambulante que se para en la carrera 7ª, como el político que contrata a un empleado para que éste le ‘pase’ la mitad de su sueldo, son rebusques. Pues está comprobado que, así se cuente con suficientes recursos económicos para subsistir, la gente hace negocios para aumentar su capacidad económica”.

Si se considerara al rebusque un problema, la solución a éste, afirma Pilar Mendoza, “sería la consolidación de un Estado Social de Derecho justo que genere las condiciones de seguridad laboral y estabilidad económica necesarias para que el ciudadano pueda sentirse tranquilo”. Pues es el “estado de incertidumbre” el que lo lleva a la necesidad de rebuscarse”.


En Colombia, el rebusque puede tomar unos rumbos muy interesantes en la medida que el Estado se fortalezca y deje de soslayar el hecho de que los rebuscadores existen y de que tienen un potencial que está aún por explotar en el sector formal. Una señal en este sentido es la reciente política de contratación implementada por el Ministerio del Trabajo, que está volviendo a contratar empleados de planta y no por medio de empresas temporales, cooperativas o contratos por prestación de servicios, este es un primer paso que, de entrada, podría considerarse un cambio en las políticas de empleo, además, resulta halagüeño que sea el Gobierno quien dé el ejemplo. Amanecerá y veremos... 

domingo, 31 de julio de 2016

Oasis naranja en la Ciudad Blanca

U I L

Desde la escalinata blanca del ágora que se alza sobre el techo del monumental Edificio Rogelio Salmona de la Universidad Nacional de Colombia se tiene una vista de 360 grados que permite ver hacia el Occidente unas lejanas montañas y una interminable línea de asfalto que parece conducir a ellas, la Avenida El Dorado. Pero no hay que perder de vista la escalinata. Está hecha de un material que, adivinando, podría decirse que es concreto blanco, si tal material existe. Claro que, observando con atención, la porosidad de la superficie se asemeja más a las características de una roca. ¿Estaré sentado sobre una inmensa roca blanca cincelada por maestros de obra colombianos? Extraña sensación la de creerse parte de un plan urbanístico, pero quizás sea así. Tal vez don Rogelio tenía calculado milimétricamente que hoy a las 6 de la tarde yo me sentaría sobre su escalinata blanca a observar la ciudad desde la ciudad, es decir, a mirar Bogotá desde la “Ciudad Blanca”. Qué curioso, blanco sobre blanco, podría ser el nombre de una obra abstracta. ¿Y por qué no? Este edificio parece el resultado de un complejo juego geométrico. Líneas de ladrillos naranja que forman ángulos imposibles se transforman en semicírculos y escaleras que Escher hubiera recorrido con placer. Pero allí, en el costado oriental, donde se ven las escaleras que conducen al primer piso de esta construcción, aparece una franja verde oscuro trazada con una brocha gorda que separa el cielo gris de la tarde del naranja intenso del Salmona. Son los cerros orientales que cercan la sabana. Si se baja la mirada se alcanza a ver un edificio blanco de ventanas cuadradas, poco agraciado arquitectónicamente, pero que se planta firme al lado de los pinos que le separan del desierto naranja donde me encuentro. Hasta aquí el paisaje es paisaje. El norte ofrece una vista de techos donde la mirada rehúsa posarse. Resultan más interesantes los bancos de piedra con formas de polígonos irregulares que flanquean ese costado del edificio. A 180 grados de este punto aparece el sur. Los edificios ya muestran algunas luces encendidas. La Avenida El Dorado, que aquí todavía se llama Calle 26, parece una instalación de árbol de navidad, luces intermitentes por doquier, la distancia enmudece los pitos del tráfico que transporta a las almas de esta ciudad. Ya ha oscurecido y se han encendido las luces del edificio. Bajo la escalinata blanca porque ya queda poco por ver, me digo, pero aparece una piscina azul frente a mis ojos, ayer no se veía tan hermosa, la luz del mediodía la hacía invisible, pero ahora, los focos que la bordean la han convertido en un bello ojo azul que parece observar al cielo desde este oasis naranja en medio de la Ciudad Blanca. Me detengo a observar el ojo que también me observa y me doy cuenta de que soy una más de las fichas del ajedrez de Rogelio Salmona, él lo tenía planeado, cada ladrillo de este edificio está donde debe estar, yo estoy donde debo estar y la belleza de su construcción se ha realizado frente a los ojos de esta insignificante ficha de carne y hueso que deja evidencia en estas líneas de la consumación de un jaque mate.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Banquete fusión en el Roberto Arias Pérez

U I L

Dos bocadillos exóticos y un plato fuerte tradicional se ofrecieron en el banquete musical celebrado el pasado viernes en el Teatro Colsubsidio Roberto Arias Pérez. El chileno José Luis Domínguez Mondragón dirigió el convite que estuvo a cargo de la Orquesta Sinfónica de Colombia. El menú servido incluyó una entrada japonesa, el Concierto para Xilófono y Orquesta de Toshiro Mayuzumi. Exquisito abrebocas que rompió la, en ocasiones, monótona carta ofrecida en las salas de concierto. La sola presencia del xilófono, frente a la orquesta sobre el plató, brindaba un refrescaste contraste a los ojos de quienes pudieron apreciar la sonoridad de este instrumento que no suele protagonizar las recetas de los platos ofrecidos por los grandes músicos de Occidente. La interpretación corrió a cargo de otro chileno, el percusionista Gerardo Salazar, que logró llamar la atención de los comensales, lastimosamente pocos, que asistieron a este concierto, el segundo de la serie “Grandes obras maestras”. 

El convivio prosiguió con un canapé de origen norteamericano que, no obstante, mantuvo el sabor del abrebocas y agregó algo de sazón a las viandas. Se trató del Concierto para Timpani del joven compositor Russel Peterson. Esta obra, escrita en 2002, sacudió de sus sillas a algunos asistentes; la fuerza emanada por los cinco tambores del timpani asemejaban el poder de una tormenta.

Después vino la calma. Un breve descanso para hacer espacio al plato principal, al retornar a la sala el escenario volvió a mostrar la clásica formación de una orquesta tradicional, que, después del xilófono y el timpani, daba una sensación de novedad. A los asistentes les esperaba, nada más y nada menos que la Sinfonía No. 3 de Beethoven, todo un plato fuerte. La monumental Heroica brindó a los paladares de los asistentes a este ágape, el toque sofisticado que podría esperarse, como no, de todo un clásico de la tradición musical europea.

Esta vez no hubo postre, será para otra ocasión, sin embargo, como sucedáneo, podría agregarse que este tipo de festines multiétnicos deberían presentarse con mayor frecuencia, nunca está de más poder disfrutar de una variedad sonora que permita degustar nuevas y exóticas fusiones.